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Traducción (con notas) del texto publicado en el catálogo de MANIFESTA 1, Rotterdam, 1996. pp. 96-113
HISTORIAS DE AMOR
- o sobre cómo se pueden vivir, construir y olvidar los viajes, las exposiciones y las historias de amor-

La línea recta no siempre es el camino más corto -ni el más seguro- entre dos puntos. Por lo menos no en los viajes espaciales, en las aventuras amorosas o en la realización de exposiciones. La nave de un astronauta ha de seguir trayectorias matemáticamente curvas para llegar a su punto de destino y si un avión ascendiera o prosiguiera su vuelo en línea recta se desintegraría en las últimas capas de la atmósfera. Las estrategias de seducción requieren sinuosidades, intermitencias, juegos irónicos, aproximaciones contundentes, marcas en el territorio, e incluso dibujar, a veces, líneas con forma de corazones. Las exposiciones suelen experimentar fugas por los vértices que pretenden encuadrarlas, se resisten a adoptar la forma del esquema previo con que se las había definido y sus contenidos se deslizan por espacios tangenciales que perfilan panoramas sorprendentes -o decepcionantes- dependiendo del espectador que las visita.

Lo que los viajes, las historias de amor y las exposiciones tienen en común es que son fenómenos susceptibles de ser narrados. Tienen un comienzo -a veces imaginario-, un desarrollo -a veces abrupto- y un final -a veces feliz-. Tienen también en común el hecho de formar parte de otros tránsitos existenciales, de no darse prácticamente nunca en estado puro e incluso a veces de mezclarse y confundirse, con lo cual una exposición puede ser una historia de amor o un viaje convertirse en una experiencia estética.

De todos estos fenómenos, las vivencias asociadas al viaje son las que permiten más amplias transposiciones metafóricas. ¿Quién no ha sentido alguna vez, en los aeropuertos, un ligero escalofrío al asociar los carteles de "pasajeros en tránsito" con el carácter efímero de nuestra condición humana? ¿ Y quién no se ha fijado en que salimos y llegamos a lugares denominados "terminales"? Cuando hablamos de viajes podemos referirnos, obviamente, al desplazamiento geográfico utilitario, pero también al tránsito entre la razón y la locura, a los movimientos de la conciencia por los territorios del conocimiento, o a las intensas trayectorias del deseo. Hay viajes reales y viajes imaginarios. Hay viajes de guerra y viajes de amor. Desde la cuidadosa planificación de las rutas o la decisión de librarse al azar de los encuentros, hasta el enfrentamiento con el poder desestabilizador de las turbulencias inesperadas o la excitante satisfación de descubrir nuevos territorios, se perfila una ética y una estética del viaje, a la vez que poderosas alegorías de iniciación, de exploración o de retorno al origen aparecen como susceptibles de ser aplicadas al campo simbólico de la experiencia, ya sea ésta amorosa, de traslados físicos o de creación de exposiciones.

El comisario es como un viajero infatigable que recorre estudios, visita galerías, transita por ciudades, recorre terrenos conceptuales y plásticos. Su trabajo es el de un explorador que no sólo ha de describir los paisajes que ha visto sino que, a través de la exposición, ha de dibujar, él mismo, las líneas sutiles que descubren las efímeras determinaciones de nuevas orografías, porque su labor no es sólo reflejar el sentido de lo que producen otros, sino crearlo, descomponerlo en múltiples facetas que permitan codificarlo temporalmente para transitar luego hacia otras verdades, hacia otras lecturas, hacia otros paisajes. Mientras el comisario es un oteador y un cartógrafo de los recorridos creativos de los artistas, el artista es un viajero que atraviesa las geografías de esa "teología de lo impensable" a la que alude Julia Kristeva como ineludible camino para la producción de nuevas maneras de ver la realidad. El artista intenta siempre descubrir nuevos lugares en los que lo real no está totalmente determinado y en los que, por ello, aún se pueden crear nuevas configuraciones y respirar átomos de posibilidad y de libertad. Porque, como dice Jordi Terré, el sentido de la creación no es otro que el de afrontar el caos para perfilar nuevos perceptos y afectos -es decir, nuevas maneras de ver y oir-, de la misma manera que el de la filosofía es crear nuevos conceptos, es decir, nuevas formas de pensar, y el de la ciencia es crear funciones y prospectos, es decir, nuevas maneras de conocer.

En el terreno de la experiencia amorosa, el viaje se produce entre personas que, momentáneamente, quieren volverse mutuamente habitables. Amar es salir de uno mismo para ir hacia el otro y este viaje, a la vez que conlleva la transgresión del espacio ajeno, es la única posibilidad de perder la propia identidad para generar un espacio común, el único camino para vivir la pasión, el placer y la decepción que nos harán desear "vivir en otro cuerpo" y seguir buscando lo que no son sino otros fantasmas que nos permitirán articular discursos y experiencias de transformación y redefinición de nuestra propia identidad. El carácter fulgurante e irracional del deseo y las ansias de satisfación inmediata deben completarse con la voluntad que quiere lo posible y entiende que son necesarios medios y espacios de transición para conseguirlo. Por eso es significativa la figura del piloto, que conjunta el método para dominar la técnica con la espontaneidad y la capacidad de reacción ante lo imprevisible, ya que sabe que cada día se enfrenta a la muerte y que la decisión de cómo abrir un instante puede ser definitiva para desafiar al destino y encontrar otros rumbos de vida. El buzo, por su parte, puede ser también protagonista de un descenso a profundidades insondables, de las que a veces sale con los ojos rojos por el impacto de visiones de las que vuelve con la fuerza de haber sobrevivido a una experiencia insoportable que no es otra que la de "los abrazos de la vida con aquello que la amenaza" (Deleuze-Guattari).

La tragedia fundamental del ser humano, la tensión entre el eros y el tánatos, entre la pulsión que nos lleva a la satisfacción inmediata del deseo y el sentido de realidad que nos evidencia su postergación y su desaparición, se repite circularmente, eternamente, tal como la representó Duchamp en la metáfora mecánica del Grand Verre: La mariée mise à nu par ses célibataires, meme -(m'aime)-, mostrando, paralelamente, cómo la ironía es capaz de tendernos puentes de salvación momentáneos. La ironía es una forma de pensamiento complejo que asume y reconoce la complementareidad de verdades en apariencia contradictorias. La ironía busca establecer conexiones que ayuden a superar el sentido de gravedad de las cosas, a desacralizarlas. La ironía, como dice Jankelevitch, se relaciona también con el pathos del viaje, pero desde otra perspectiva. El ironista, con su gusto por las contradicciones y los juegos del sentido, habla siempre desde otro lugar, llega con retraso, a través de un desvío. Como en la seducción, la ironía necesita de vías oblicuas, fingimientos, y crea a veces obstáculos artificiales para incrementar el placer del juego.

No hay otro destino final del viaje, del amor y de las exposiciones que la melancolía. Melancolía porque algo fue y ya pasó; melancolía porque algo pudo ser de un cierto modo y no fue; melancolía porque la pérdida fue inevitable y porque el fantasma con el que tanto tiempo estuvimos soñando habitaba finalmente un cuerpo diferente del que construimos en nuestra imaginación. Y sin embargo, hay que volver, con Schelling, a hacer una lectura optimista de las inagotables posibilidades de renovación de la naturaleza y de las renovadas capacidades de creación y de experimentación del ser humano. Hay que saber que el amor está siempre germinando en las profundidades de la decepción, del tedio y del hastío. Hay que creer que otros viajes y otras exposiciones volverán a convertirse en historias de amor en las que seguiremos debatiéndonos entre la satisfacción alucinatoria del deseo y las construcciones de la realidad.

© Rosa Martínez. 1996